Lo normal para Rub era su fuerza súbita al mirarse entre los espejos del Domo y salir de aquel edificio escaleras en alto y con un diapasón por mente y por mirada. Le gustaban los edificios antiguos y éso lo recordaba bien y era otra vida, otra vida más y otra vida pasada.
Luego cogía sus frascos de perfumes y daba una buena inhalación hasta que se quedaba perturbado y después salía a la calle en zapatillas de deporte y brincaba un poco bajando las escaleras y así se sentía más feliz.
Pero de todo había pasado mucho tiempo y ahora Rub era un hombre solitario que pasaba las tardes jugando al bingo y a la canasta.
Sin embargo de joven había sido un buen escritor e incluso un buen poeta pero ahora gastaba su exigua pensión jugando a las cartas y no se le daba mal cómo tampoco se le daban mal los juegos de azar.
Esperaba a que llegara la noche para acostarse y echarse a dormir y se dejaba envolver por la oscuridad en el único momento del día en el que podía encontrar calma y descanso.
La cerveza era lo único que bebía ya después de largos años de alcoholismo e incluso cerveza bebía poca y comía mucho y por eso estaba un poco gordo pero no demasiado.
Sentía que su tiempo había pasado, no sólo su tiempo de gloria también el otro tiempo, aquel en el que se es joven y se tienen ilusiones y ya no esperaba nada de la vida.
Sólo deseaba seguir envejeciendo con salud mientras la piel se le ponía algo más roja y se le cargaban un poco las rodillas. Y en sus largos paseos por la playa en su retiro veraniego se acordaba de amores pasados que el retenía en su memoria cómo un tesoro.
Y un día le llegó la muerte cómo una dulce compañera y entonces se dio cuenta de que siempre había estado confuso en el mundo, de que nunca le habían dado paz y de que nunca había encontrado la paz pero lo sintió así porque...
...un día le llegó la muerte cómo una dulce compañera...
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