martes, 5 de julio de 2016

EL SEMBRADOR DE LO OCULTO 4

Ángeles y palomas, vueltas dadas en círculo, sensación de no parar, ir y dejar, dejar e ir. Tempranos hielos sobre las casas altas, el cuento de los tres mosqueteros, el de los tres cerditos y el érase una vez. Los juegos que se recomiendan y las mentiras, los faros de los coches bajo la lluvia en las aceras negras caminando, la adolescencia. El recuerdo de las aceras negras.

El alma de Néstor ahora apunta  al recuerdo de las aceras negras bajo los faros de los coches en los días de lluvia y los bares lejísimos en la parcela de su amigo el triste, donde todo pasaba. Y un día usar los columpios cómo si no hubiera pasado el tiempo y otro día pasar tardes leyendo y el día se hace un mes y no sales de casa y te han acompañado historias de ciencia ficción y luego ver a los amigos cómo en medio de una bruma, cobrando conciencia de la realidad.

El alma de Néstor ahora apunta a los edificios de ladrillo rojo en los pueblos recién construidos, cuando aún se podía hacer algo. Moscas peludas sobre las caras rosas, bocinas de automóviles y el sabor de la cerveza muy de mañana y buscar algo y no encontrarlo y el paquete de cigarrillos que se clava de vez en cuando en el costado porque estás borracho y pasar junto al río y sentir la sensación de empezar y entonces cambia el clima y todo parece nuevo. A lo lejos edificios que se van durmiendo.

El alma de Néstor apunta ahora a los fajos de billetes guardados en una cartera amarilla y saber que tenías suficiente dinero para toda la noche y para más allá de la madrugada y guardar esos billetes con miedo de perderlos cuando ya estás muy bebido. Y llegar a casa temprano y no querer dormir y entonces ganas de ver una película y adelante, pronto será la hora del desayuno y tienes bastante apetito, otra noche sin dormir...quizás luego una siesta.

Echar mucha sal a la sopa a la hora de la comida, necesidad de salar la sopa porque has perdido minerales y poco a poco vas teniendo mayor conexión con todo. Recuperar el tono vital antes perdido y salir a comprar algo pero sin ganas, por la más pura necesidad.

Los amigos que crecieron más que tú, que se compraron una moto negra, los amigos que un día se marcharon.

Y el ritual de comprar un paquete de Luky en los estancos antes de hacer las horas de beber, y fumar en los bares y discotecas mientras te emborrachabas y las copas de color negro y la música y la sensación de aventura y un día una exposición de pintura, por hacer tiempo.

La ciudad en los días de fútbol, su bulla y algarabía. La ciudad en los días santos, con su silencio. Dragones en la puerta, fantasías en la cabeza, ideas increíbles una vez compartidas, soledad apreciada, los cafetitos con chicas guapas simplemente porque sí y luego no volver a verlas.

Y caminar un día y escuchar una orquesta a lo lejos y gente que no sabía de dónde venía y el placer de estar por estar y el cuerpo ágil recorriendo toda la ciudad y sentir que estás bien, en calma, sin saber por qué y tener hambre y aguantarse unas horas y andar para no coger el autobús y de repente lluvia.

Y atraviesas los puentes.

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